6.8 Kashan – Qum

(06.06.1618 – 08.06.1618)


Mausoleo de Fatima bint Musa (s. XVII)

[A 6–7] A la tarde, después de ponerse el sol salió el Embajador de Caxen, y aunque se caminó casi toda la noche por tierra llana no se llegó hasta que quería amanecer á una pequeña aldea llamada Cencen, con gran calor, siendo todo el camino, con los montes cercanos, sulfurro y nitroso, dando mucha molestia la malicia del aire, inficionado por lo que de estas malas calidades se le comunicaba.
[A 7] Con el calor del sol se encendió el día de manera que se padeció gran trabajo, no habiendo en que se recoger y defender del gran calor sino unas paredes medio arruinadas de un caravasar viejo, recogiéndose el Embajador á la mezquita del aldea, que no era mayor que una estrecha celda de frayles, con las paredes muy delgadas y grandes ventanas á todas partes.
Ya bien tarde vino á visitar al Embajador el gobernador del aldea con otros tres ó cuatro de los menos pobres de sus vecinos, y le dieron cuenta de una gran calamidad en que entonces todos estaban, diciendo que habría quince ó veinte días que á los más de ellos, mayormente á muchachos y mujeres, les daba un terrible y peligroso mal, que era una muy ardiente calentura con vehemente dolor de cabeza, y que al quinto ó seteno día morían los más de los que de este mal eran tocados. Y habiéndoles preguntado el Embajador si deliraban los enfermos y si el mal se pegaba á otros, respondieron que al sigundo ó tercero día decían grandes locuras y que les salían manchas negras por todo el cuerpo, y que á muchos de los que llegaban á curarlos se les pegaba el mismo mal y que estos eran los que mas presto morían. Finalmente, dijeron que de ciento y cinquenta personas que había en el aldea habían muerto treinta y estarían enfermos más de otros tantos, y que algunos habían escapado sin otro remedio alguno más que cubrirse bien y sudar.
El Embajador, que de la relación de esta gente echó luego de ver que esta era una maligna especie de calenturas y de tan mala ó peor calidad que los tabardillos de España, les tuvo gran compasión, mayormente no teniendo quien los curase, siquiera un barbero que les hiciese sangrías, y ansí les persuadió á que luego fuese alguno de ellos á Caxen por él, asigurándoles que sangrando dos ó tres veces á los enfermos sanarían los más de ellos, lo qual fue después el total remedio de los que enfermaron, como se dirá adelante cuando por este mismo lugar volvió de Casbin el Embajador, el qual dando limosna á todos los que allí llegaron, que fueron los más de los que andaban en pie, se partió de aquel mal albergue. A 7, ya casi noche, salió de aquí la caravana.

[A 8] Y por tierra aun peor que la de la noche antes se caminaron con la misma molestia otras seis leguas, que tantas habían sido las pasadas, hasta llegar á otra aldea algo mayor que Cencen, llamada Cacen Abad, y alli en casa de unas pobres mujeres y en otras casas cercanas se tuvo mejor hospedaje y con más largura, aunque el agua que aquí y en el lugar de atrás se halló era malísima, pero traíase alguna desde Caxen con que no se echó de ver tanto esta falta.
A 8, á la hora ordinaria, se comenzó á caminar de espacio por no haber hasta Cum más de cuatro leguas, y antes de media noche llegaron de parte de los gobernadores de esta ciudad á pedirle al Embajador que quisiese entrar en ella de día, porque sería hacerles agravio otra cosa, y al fin, con harto disgusto y desabrimiento se lo concedió, y porque aún era temprano determinó parar en unas huertas, un cuarto de legua de la ciudad, adonde reposó parte de la noche hasta que fue bien de día.
Después de haber salido el sol vinieron los gobernadores hasta las mismas huertas con mucha gente de á caballo y á pie, de manera que cubrían todo aquel campo, en la forma que en las demás ciudades se había hecho, aunque aquí fue de mayor concurso, y con los acostumbrados bailes y música de panderos se movió para la ciudad, no pudiendo caminar con cuantos palos daban los porteros y demás ministros de los gobernadores, con el mucho número de gente que cada momento acudía, de suerte que se gastó mucho tiempo en andar aquel poco de camino. Y aunque los hombres eran en tanta cantidad, al contrario de lo que había sido en las otras partes, ninguna mujer parecía con ponerse, algunas horas después que se comenzó á entrar, hasta llegar á la posada del Embajador, el cual iba espantado de la grandeza de la ciudad y de la multitud de gente que en ella parecía, no habiendo tenido antes noticia de que fuese tan populosa y grande.
Sus edificios y la fábrica de que son hechos son de la manera que los de las otras ciudades de Persia y Media, con grandes bazares, y los hombres que en ella ha habido y hay los más belicosos y buenos soldados de todas las demás provincias sujetas á este imperio, como lo muestran ahora en todas las ocasiones de guerra y antiguamente lo mostraron, siendo en los que más resistencia halló el gran Tamurlan, aunque con la total ruina de su ciudad, pero ansí por la fertilidad de sus campos, como por la industria y mucho vigor de sus moradores, que dos veces padecieron este miserable excidio, se volvió á poblar tan populosamente como hoy vemos, siendo como es, aunque con menor fama, de las mayores ciudades que el rey de Persia posee, la qual dista de la Equinocial hacia la parte septentrional 33 grados y 4 minutos.
Después de haberse apeado en su posada el Embajador estuvieron los gobernadores con él entreteniéndole, aunque él quisiera más desnudarse y descansar, y el uno de ellos, que era el goazil, le dijo que no se le hiciese novedad el no haber parecido mujeres en su entrada, por ser particular devoción religiosa de ellas no dejarse ver de ningún estranjero, mayormente de los francos. Y preguntándole el Embajador qué devoción era aquella, respondió que en aquella ciudad había una muy famosa mezquita dedicada á una muy sancta mujer llamada Lela, nieta de su profeta Mahamet y hija de Alí y de Fatima su hija, la cual Lela vino de Babilonia á esta ciudad de Cum después del martirio y muerte de sus hermanos Ussen y Hacen. Y que después de haber edificado un grande hospital y caravasar para los enfermos y peregrinos, y siendo de muy abstinente vida, enfermó hasta llegar á punto de espirar,y que entonces Dios la arrebató y llevó, sin haberse sabido hasta ahora á donde la tenga; tanta similitud y aparencia fingida ha habido y hay en el mundo ahora, de lo falso á lo verdadero. En fin, quiso dar á entender este persiano que las mujeres de Cum en reverencia de su sancta y con particular mortificación, se escondían y no se dejaban ver sino de los suyos, por encubrir con aquel cuento fabuloso las muchas diligencias que él y los demás habían hecho desde el día antes para que ninguna pareciese, de que rió y gustó mucho el Embajador conociendo disimulación tan poco artificiosa.
Después de haber comido y reposado el Embajador envió á decirle la dueña de la casa que quería salir allí y hablarle, teniendo cerrados otros aposentos que salían á una huerta en que ella y su familia se habían retirado. Era esta mujer viuda, de mediana edad, cuyo principal oficio, demás de tener en su casa dos telares de alfonbras, era componer y afeitar las novias cuando las querían casar, la cual salió con dos niños, hijos suyos, trayendo una mano y brazo ligados y haciendo grandes demostraciones de tener allí gran dolor. Venido el interprete díjo que un portero del Deroga, que es uno de los gobernadores, sobre escusarse ella la tarde antes de dar su casa, por tener dos hijas ya mujeres, le había dado un palo en la mano, de que la tenía muy mal parada, y porque luego vio el Embajador que aquello era una honesta manera de querer que le pagase la posada, le mandó dar precio de cinquenta reales.
Entre las que últimamente entraron había mujeres más mozas y de mejor figura, que venían con una muchacha hija de la huéspeda, más hermosa que ninguna de las que hasta entonces se habían visto en estas partes, si es posible que alguna lo parezca con tan feo y abominable traje como todas usan. La más de esta gente había venido por las paredes de la huerta de la huéspeda, con deseo de ver los francos, habiéndoselo vedado en público; la otra, venía á que el Embajador les diese algo, lo cual corrió después por todas generalmente, sigún la fortuna y parecer de cada una, y también con los niños y niñas se le repartió una buena cantidad de dinero. Deteníanse todavía estas mujeres, de que siempre iba creciendo el número, porque la huéspeda había mandado á la hija mayor que saliese también á recibir lo que le pudiese tocar del congiario ó repartimiento, que todavía duraba, y ella, que era ya mujer y hermosa, sigún allí decían, se estaba componiendo, con otras sus vecinas, por parecer mejor, mayormente habiendo sabido ya que el Embajador había alabado á su hermana de hermosa.
Mas á este tiempo se comenzó un gran rumor á la puerta de la casa, un aposento antes de donde se estaba, y enviando el Embajador á saber qué era, le vinieron á decir que un persiano de los principales soldados que el rey allí tenía, á que comunmente llaman Casilbas, le quería entrar á visitar y que el portero no le dejaba entrar ni él se quería partir de allí. El Embajador, que sospechó algo de lo que podía ser, mandó que entrase y se sentase allí cerca, el cual estuvo sin hablar, mirando á todas aquellas mujeres muy cuidadoso. De su silencio y de la inquietud que mostró la huéspeda se echó luego de ver, ó que tenían algún conocimiento y familiaridad con él, ó que era algún pariente cercano suyo, y ansí le mandó preguntar el Embajador sí lo era, y respondió que no, sino un vecino que pretendía casarse con su hija mayor de la huéspeda.
Con esto se licenció toda aquella gente, turbándose la salida de las otras, y sucedió de aquí que habiendo aquel soldado procurado con mucha instancia este casamiento, ofreciéndole dote á su madre por él, en este propio día que vio á la muchacha hermana de su esposa, sentada cerca del Embajador, se aficionó de manera á ella que después le dio á su madre otro tanto dote más de lo que por su hermana prometía, y casándose con ella la llevó luego á una aldea que por gajes de su sueldo, como es costumbre en Persia, el rey, dos leguas de Cum, le había dado.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo III, pp. 66– 72)

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